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>> Todos los
asuntos tienen dos asas;
por una son manejables, por la otra no.
Epícteto
Por una verdadera cultura de la tolerancia
La tolerancia, entendida como respeto y consideración hacia la
diferencia, como una disposición a admitir en los demás una manera
de ser y de obrar distinta a la propia, o como una actitud de
aceptación del legítimo pluralismo, es a todas luces un valor de
enorme importancia.
Estimular en este sentido la tolerancia puede contribuir a resolver
muchos conflictos y a erradicar muchas violencias. Y como unos y
otras son noticia frecuente en los más diversos ámbitos de la vida
social, cabe pensar que la tolerancia es un valor que –necesaria y
urgentemente– hay que promover.
Sin embargo, promover una acertada aplicación de la tolerancia es
algo extremadamente difícil y complejo, que conviene analizar con
calma, sin trivializarlo, para no caer en simplistas reduccionismos.
En primer lugar, la tolerancia tiene su justa medida. A nadie se le
ocurre que haya que tolerar el robo, la violación o el asesinato. Ni
nadie cree de verdad que imponer la ley o un sistema de autoridad
haya de considerarse como una grosera manifestación de intolerancia.
Si nos dejáramos llevar por esos errores, terminaríamos bajo la ley
del más fuerte. Sería imposible establecer un sistema de Derecho o
cualquier tipo de ordenamiento jurídico. Sería como la ley de la
selva. No habría forma de vivir pacíficamente en sociedad.
Promover la tolerancia no es tolerarlo todo, porque es evidente que
no se puede permitir todo.
Por eso, ni siquiera el anarquismo más radical ha considerado la
tolerancia como algo ilimitado, puesto que solo con imaginar un
colectivo humano en el que todo debiese ser tolerado, es fácil
comprender que sería un caos completo y absoluto.
La tolerancia ha de tener unos límites.
Una interpretación superficial
de la tolerancia
la llevaría a su ruina:
al escepticismo del todo vale.
La verdadera tolerancia –como ha señalado Norberto Bobbio– no se
fundamenta en el escepticismo, sino en una firmeza de principios,
que se opone a la indebida exclusión de lo diferente.
O, como señalaba Federico Mayor Zaragoza,
la tolerancia no es una actitud
de simple neutralidad,
o de indiferencia,
sino una posición resuelta
que cobra sentido cuando
se opone a su límite,
que es lo intolerable.
La cuestión es –como apunta Rafael Navarro-Valls– acertar con una
noción de tolerancia que no sea simplemente fruto del cansancio
intelectual o de la indiferencia, y que logre equilibrar los
derechos de la verdad con los de la conciencia individual.
No quedarse en afirmaciones obvias
Aunque acabamos de referirnos a la tolerancia como un espíritu de
apertura y de respeto hacia la diversidad, a la hora de hablar de
tolerancia, lo difícil, y lo importante, es profundizar en su
sentido más específico: la tolerancia del mal.
Podría decirse que la palabra tolerancia se aplica con toda
propiedad cuando se refiere a la tolerancia del mal. No suele
decirse en el lenguaje corriente, por ejemplo, que uno tolere que le
haya tocado la lotería, haya aprobado unas oposiciones, juegue muy
bien al baloncesto, o tenga muy buena memoria; no se habla de que lo
tolere, sino más bien de que tiene la suerte, o el mérito, de contar
con eso, que para él son bienes.
Es más, en sentido estricto no debería hablarse de tolerancia como
respeto a la legítima diversidad, puesto que la legítima diversidad
debe ser respetada y no simplemente tolerada, aunque pueda costarnos
mucho aceptarla. Ser alto o bajo, rubio o moreno, pertenecer a una u
otra raza o clase social, ser seguidor (apasionado si se quiere,
pero pacífico) de tal o cual equipo de fútbol, etc., no parecen, en
principio, diversidades que deban ser toleradas, sino simplemente
respetadas.
El problema surge, como decíamos, cuando esa diversidad deja de ser
legítima, o entra en colisión con el bien común, o con los derechos
de los demás, y comenzamos a adentrarnos en el proceloso mar de la
tolerancia del mal. Podrían ponerse muchos ejemplos de esas
colisiones:
¿Debe tolerarse la esclavitud? ¿Y si hay personas que apelan a su
libertad para tener esclavos, e incluso también personas dispuestas
a aceptar ser esclavos?
¿Debe tolerarse la tortura? ¿Qué debe decirse a quien alegue su
–supuesta– eficacia para la policía? ¿Y a quien sostenga que en sus
convicciones personales se trata de un método perfectamente legítimo
en su guerra sin cuartel contra la delincuencia?
¿Deben las leyes tolerar la poligamia? ¿Y si hay personas –marido y
mujeres– que apelan a su libertad para que se les permita formar ese
género de unión? ¿Qué se puede argumentar, por ejemplo, a quien
considere la prohibición de la poligamia como un atentado contra las
profundas raíces culturales y religiosas de un pueblo?
¿Debe permitirse –como sucede en algunos lugares– que unos padres
practiquen determinadas mutilaciones sexuales a algunos de sus
hijos, siguiendo antiguos ritos ancestrales? ¿Qué razones se pueden
dar para prohibirlo, si argumentan que se trata de una costumbre
milenaria, aceptada pacíficamente por toda la tribu?
¿Y si unos padres se niegan a que su hijo, menor de edad, reciba una
transfusión de sangre, y muere por ello? ¿Cómo es conciliable la
libertad religiosa con el hecho de que un juez salve la vida del
niño autorizando dicha transfusión, en contra de las creencias de
sus padres?
¿Debe tolerarse la producción y el tráfico de drogas? ¿Por qué no
respetar la libertad de esas personas para cultivar lo que quieran y
luego venderlo, acogiéndose a las reglas del libre mercado? ¿Y con
el tráfico de armas? ¿Y con los productos radioactivos?
¿Debe tolerarse la mentira? ¿En qué ocasiones o circunstancias?
Son ejemplos muy diversos, que expresan un poco de la complejidad
del problema de la tolerancia, y nos previenen contra una
interpretación simplista de las cosas.
El Diccionario de la Real Academia señala dos acepciones de la
palabra tolerancia que engloban quizá lo que acabamos de decir. Una
es el
respeto y consideración hacia
las opiniones o prácticas
de los demás, aunque sean
diferentes a las nuestras;
y la otra –que recoge quizá su sentido más específico– señala que
tolerar es
permitir algo que no se
tiene por lícito,
sin aprobarlo expresamente;
o sea, no impedir –pudiendo hacerlo–
que otro u otros realicen determinado mal.
En ambos casos, el quid de la cuestión está en determinar el límite
de lo no tolerable: la legítima diversidad siempre debe tolerarse
(respetarse), pero la ilegítima puede tolerarse o no, según los
casos.
¿Prohibido prohibir? ¿En nombre de quién?
—Hay un problema en eso que dices: el concepto de legitimidad, e
incluso el concepto de bien y de mal, son muy relativos para
bastante gente.
Efectivamente, y por esa razón, para profundizar en la noción de
tolerancia es preciso analizar previamente el fenómeno del
relativismo.
Michael Novak decía, entre bromas y veras, que en su país –Estados
Unidos– hay dos frases que son las más repetidas: la primera es “yo
hago lo que me da la gana”, y la segunda “eso debería estar
prohibido”. Un ejemplo claro de cómo todos aspiramos a la libertad,
pero reclamamos protección frente al empleo que otros hagan de la
suya: vemos necesario unos límites.
La pregunta es si pueden justificarse esas prohibiciones a la vez
que se admite el principal postulado que siempre han repetido los
relativistas: nadie tiene derecho a imponer a los demás su propio
concepto de moral.
Este postulado relativista es una apasionada –y loable– invocación a
la libertad individual, pero si se analiza con un poco de calma, es
fácil descubrir que esconde serias contradicciones.
De entrada, el relativismo deja momentáneamente de ser relativo para
imponernos a todos su postulado indiscutible (que nadie puede
imponer nada a nadie).
El principal problema del relativismo surge cuando se habla de poner
límites a la tolerancia. Ya hemos visto que parece inimaginable una
sociedad en la que se permitiera todo, puesto que hay cosas que no
pueden tolerarse.
Si analizamos por qué no toleramos algunas cosas, pronto descubrimos
que la causa está en verdades y valores que consideramos
innegociables.
Por ejemplo, no toleramos el robo para proteger la propiedad,
necesaria para la subsistencia libre de las personas; o no toleramos
el asesinato para proteger el derecho a la vida de todo hombre.
Hay que resaltar que, en ambos casos, estamos imponiendo a los
delincuentes algo con lo que pueden no estar de acuerdo. Y a todos
nos parece obvio que si el ladrón no cree en el derecho a la
propiedad, o el asesino no cree en el derecho a la vida, o ambos
consideran que tienen razones personales para robar o matar, no por
ello sus acciones dejarán de ser reprobables, y castigadas en una
sociedad en la que impere la justicia.
Si aceptáramos el relativismo, cada persona tendría derecho a su
verdad y su criterio para definir lo bueno y lo malo, y entonces
cualquier imposición de la ley (que muchas veces es manifestación de
un sentido moral) sería una muestra de intolerancia (intolerancia
que no puede tolerarse: atención al círculo vicioso).
Si cada uno tiene su verdad sobre lo que es la justicia, y nadie
tiene derecho a imponer la suya a otros, ¿en nombre de qué verdad
puede alguien impedir o perseguir el robo, la violación o el
asesinato?
El relativismo siempre acaba en un círculo vicioso, porque sin una
referencia a una verdad universal, que nos obligue a todos, ¿en
nombre de qué autoridad se puede considerar que una acción es mala,
e imponer a otros ese concepto de lo que es malo? ¿Cómo defender
razonadamente que hay que actuar así, que deben ponerse esos límites
a la tolerancia?
Nadie tiene derecho a imponerme sus valores
Cuenta Peter Kreeft que un día, en una de sus clases de ética, un
alumno le dijo que la moral era algo relativo y que como profesor no
tenía derecho a imponerles sus valores.
Bien –contestó, para iniciar un debate sobre aquella cuestión–, voy
a aplicar a la clase tus valores, no los míos: como dices que no hay
absolutos, y que los valores morales son subjetivos y relativos, y
como resulta que mi conjunto particular de ideas personales incluye
algunas particularidades muy especiales, ahora voy a aplicar esta:
todas las alumnas quedan suspendidas.
Todos quedaron sorprendidos y protestaron diciendo que aquello no
era justo.
Kreeft, continuando con aquel supuesto, les argumentó: ¿Qué
significa para ti ser justo? Porque si la justicia es solo mi valor
o tu valor, entonces no hay ninguna autoridad común a ti y a mí. Yo
no tengo derecho a imponerte mi sentido de la justicia, pero tampoco
tú a mí el tuyo.
Solo si hay un valor universal llamado justicia, que prevalezca
sobre nosotros, puedes apelar a él para juzgar injusto que yo
suspenda a todas las alumnas. Pero si no existieran valores
absolutos y objetivos fuera de nosotros, solo podrías decir que tus
valores subjetivos son diferentes de los míos, y nada más.
Sin embargo, no dices que no te gusta lo que yo hago, sino que es
injusto. O sea, que, cuando desciendes a la práctica, sí crees en
los valores absolutos.
El relativismo afirma los derechos, pero, al no tener ninguna
referencia a una verdad objetiva, surge inmediata la confusión
global de lo que está bien y lo que está mal. Con el relativismo, la
justicia queda en la sociedad a merced de quienes tengan el poder de
crear opinión e imponerla a los demás.
Una referencia insoslayable
—Es cierto que ninguna de esas preguntas puede responderse desde el
relativismo absoluto, pero la mayoría de los relativistas suelen
hacerse fuertes en el terreno de otras consideraciones éticas menos
evidentes. Dicen que todo es cambiante, que las consideraciones
morales se parecen bastante entre sí, y que ninguna merece ser
rechazada.
Efectivamente, está cambiando todo mucho, pero ya hemos visto que ha
de existir una frontera entre lo que es tolerable y lo que no lo es:
Para poder ser tolerante
hay que fijar los límites
de lo que es intolerable.
Ese límite puede ser difícil de apreciar, porque las circunstancias
hacen a veces muy complejos esos problemas. Pero tiene que haber un
límite, independientemente de que sea difícil de distinguir. Porque
si no hubiera límites, la tolerancia se destruiría a sí misma.
—¿Por qué?
Si no hubiera límite objetivo entre lo que es tolerable y lo que no
es tolerable (aunque luego sea difícil de apreciar, repito), nadie
podría impedir legítimamente nada: en nombre de la tolerancia,
habría que tolerar todo, también al que tiene el triste defecto de
ser intolerante. Y también se podría tachar de intolerante a
cualquiera que hiciera algo que no coincidiera exactamente con lo
que nosotros defendemos.
Por el lado contrario, cualquiera podría arrogarse el derecho a no
tolerar al que tolera algo que uno considera malo.
—Vale, no sigas.
No pretendo hacer trabalenguas, pero parece bastante claro que para
definir esos límites de la tolerancia, es preciso reconocer la
existencia de la verdad. De lo contrario, ¿en nombre de qué marcas
ese límite?
—De acuerdo, pero hay quienes defienden un modelo permisivista
basado en un relativismo menos duro, más light. Dicen que eso de
luchar por la verdad objetiva lleva fácilmente a la tentación del
fanatismo, de matar a los enemigos. Y que la historia tiene
abundantes ejemplos de esto.
Es verdad que existe la tentación del fanatismo, contra la que hay
que luchar decididamente, y es verdad también que en la historia hay
abundantes ejemplos de esa grosera forma de intolerancia. Pero no
puede decirse que creer en una verdad suponga ya ser un fanático, y
mucho menos presentar instintos homicidas. Eso sería un prejuicio,
más que una explicación.
Por ejemplo, si ha de haber respeto a la vida será porque existe la
verdad de que la vida merece respeto. Si no, ¿por qué habríamos de
respetar la vida? Y lo mismo puede decirse de cualquier
consideración ética.
Sin una referencia a la verdad objetiva,
toda afirmación moral
se reduce a una simple conjetura.
La referencia a la verdad
es insoslayable.
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