Las dos caras de la inmigración

Enrique Horacio de Lausuen

 

Tomar la decisión de irse a vivir a un país diferente de aquel en que has crecido y vivido toda tu vida es algo muy complicado, pero una vez asumido y realizado el viaje el que se marcha tiene que enfrentarse a dos realidades distintas y muchas veces desoladoras.

 

En su país de origen, el que se va adquiere la categoría de "emigrante", palabra que, además de la acepción tradicional, suele llevar implícitos otros significados. A veces es sinónimo de "traidor", porque así suelen verlo algunos de sus amigos y parientes que, egoístamente, lo catalogan como aquel que los abandonó a su suerte por irse detrás de los cantos de sirena de una sociedad más poderosa o más estable. Detrás de este calificativo suele esconderse la envidia de aquel que tuvo el coraje de hacer lo que ellos hubieran hecho de haber tenido valor suficiente.

 

Generalmente, los que se quedan le hacen al que parte un regalo de despedida con la forma de una multitud de pronósticos de mal agüero, para acabar de darle "ánimo".

Si el emigrante vuelve sin haber tenido éxito en su empeño, lo reciben con una palmadita en la espalda y cara de perdonavidas, diciñendole cosas como: "ya te lo había dicho yo". Si, en cambio, el emigrante consigue adaptarse e integrarse al nuevo medio, cuando regrese de vacaciones será mirado como un bicho raro y visto como un potentado aunque su trabajo en el nuevo país no sea más que el de pintor de brocha gorda o friegaplatos.

 

También recibirá la visita de amigos y parientes que no le habían escrito una línea mientras estuvo fuera, a la espera de ligar algún regalito o invitación a comer, escudado en la pena que le da al emigrante que "aquí la cosa está muy mal".

En el país de destino, el "emigrante" pasa a ser "inmigrante", que también es una palabra con significados múltiples, no siempre buenos. Así, Yussuff pasa a ser "el moro", Jorge "el sudaca" o Mircea "el rumano", a veces a secas y a veces seguido de la coletilla "de mierda". Esto en España, pero en todos los países sucede lo mismo.

 

Por ej.: en Argentina los bolivianos son "bolitas", los paraguayos "paraguas" y los provincianos (exiliados internos) son "cabecitas negras" y así, coletilla incluída.

Al inmigrante se lo suele mirar con miedo. "Vienen a quitarnos el trabajo", suelen decir los mismos gandules treintañeros que viven con sus padres y rechazan un trabajo en la construcción porque "se suda mucho" u otro de administrativo porque "me queda a diez km de casa y tengo que coger un autobús". Ni hablar de curros como asistente sanitario, cuidador de ancianos y/o niños o limpiador de letrinas, en donde "hay que estar tocando mierda".

 

Si en inmigrante alcanza ciertas cotas de éxito profesional, se lo suele mirar con envidia, aunque realmente ese logro se haya debido a sus méritos personales y a su impecable cualificación profesional. "Qué sabrá el sudaca este, quién se ha creído que es, si en su país sería encargado de algún establo", suele oírse en los pasillos.
Ya sé que alguien va a poner el grito en el cielo diciendo que lo que digo no es verdad, que esos serán casos aislados, y tendrán buena parte de razón.

 

Yo he visto las dos caras de la inmigración bien de cerca. He sido a la vez emigrante e inmigrante y he vivido en dos países muy afectados por los flujos migratorios y puedo asegurar que esto ocurre a diario, aunque no sea necesariamente así en la mayoría de los casos. No me lo han contado, lo he visto con mis propios ojos, lo he sufrido en mis carnes, en el país de origen y en el de destino. Como buena parte de mis colegas, he salido adelante. Me he adaptado, conservo viejos amigos y parientes y tengo muchos nuevos y soy bien aceptado pese a mi fealdad. No me puedo quejar de mi país de destino, del que no pienso moverme, salvo catástrofe. Mi caso es igual al de muchos, creo que la mayoría.

El problema, el único problema es la ignorancia, que hace que siempre encuentres a algún marmota dispuesto a amargarte el día.

 

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